
Nunca he pertenecido a ningún partido político. El único grupo en que alguna vez he militado es el de aquellos--no especialmente valientes--que cubren su desnudez de corazón y mente con el sentido del humor.
Así comienza Dorothy Parker una pieza periodística sobre el sitio de Madrid durante la Guerra Civil española. La sofisticada escritora, producto del Manhattan de entreguerras, redactora de crónicas literarias y teatrales del New Yorker de repente se vio sorprendida por un compromiso político que ella misma ignoraba poseer. A servidor (sin pretender igualarme a Dorothy Parker) le pasó algo parecido hace más de un año, y en consecuencia tomó la improbable decisión de militar, con la secreta pero patente sospecha de que algún día dejaría de hacerlo. Porque una cosa es el compromiso ético, y otra muy diferente el compromiso político (en el sentido espúreo que la palabra, lejos de su etimología, ha adquirido en estos últimos tiempos). Uno ve las cosas desde la distancia, contempla los relevos en ciertos cuadros regionales, ve caer a los inocentes y limpios de corazón tras disciplinarias purgas, al tiempo que en las fotos van apareciendo... otros. Y como una especie de Casandra, contempla cómo los inevitables acontecimientos desde hace tiempo previstos se van desgranando, y lo que era un proyecto cívico se va llenando de los que ambicionan dedicarse a la política de forma profesional. Los niños cantores del Tirol ya han crecido y, sin llegar ni a pastores ni mucho menos a Reyes Magos, vamos todos camino del pesebre. Pas moi. Yo me vuelvo con los humoristas: esto no lo arregla ni Cincinato.


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